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Una mirada desde el otro lado

La idea de que las catástrofes naturales, entre ellas las erupciones volcánicas, están de alguna u otra forma relacionadas con las crisis políticas ha fascinado al pensamiento ecuatoriano desde los comienzos de la historia.

Cuando el 26 de junio de 1877 se produjo una violenta erupción del Cotopaxi que se tradujo en importantes daños humanos y económicos no faltó quienes pensaron que todo se debía a una reacción divina por la actuación política de los humanos.   Antonio Flores Jijón, quien llegó a ser presidente de la República años más tarde, hizo una fascinante y muy poco conocida crónica de lo que ocurrió en ese entonces. En el diario Libertad Cristiana, Flores sostiene en su crónica que la erupción se produjo en medio de una tensa situación política que tenía como contendores a la Iglesia Católica y al gobierno de ese entonces, presidido por el autoritario y fatuo Ignacio de Veintimilla.

Según la narración de Flores, la erupción se produjo días más tarde que Veintimilla decidió dar por terminado el concordato que el país tenía firmado con el Vaticano mediante el cual la curia tenía varios privilegios. La Iglesia de ese entonces, como rechazo a la hecho por Veintimilla, había cerrado las puertas de los conventos e iglesias y la gente no podía asistir a orar en ellas. Según Flores, una vez producida la erupción y el posterior desastre, la furia del populacho terminó en un intento de insurrección que fue sofocado por los soldados del gobierno.

“El día anterior la ciudad de Quito había sido puesta en entredicho por una desaveniencia entre la autoridad civil y la eclesiástica. Esta desaveniencia tuvo su origen en un repique de campanas ordenado por la primera autoridad sin acuerdo de la segunda; y fue seguida de una multa a los Prelados y del destierro del señor vicario capitular de esta arquidiócesis vacante hoy y enlutada por el horrendo asesinado cometido en la persona de su dignísimo arzobispo”.

Flores se referí a la muerte del monseñor José Ignacio Checa quien fue envenenado cuando tomaba el vino durante la misa del 30 de marzo. El asesinato fue finalmente atribuido a un cura al que llamaban “el loco”, dejando sin piso las conjeturas que hablaban sobre la mano del gobernante Veintimilla en el tema.

La indignación de la gente que no podía ir a orar en sus iglesias había alcanzado un grado critico cuando, dice Flores, “subió de punto la desesperación al ver comenzar poco después una lluvia de tierra y al notarse los fenómenos precursores de una erupción volcánica”.

Flores en su crónica narra no solo la erupción sino lo que el llama las “coincidencias” entre las erupciones del Cotopaxi y las crisis políticas y sociales.

“La ardiente imaginación de nuestros pueblos”, dice Flores al final de su crónica, “ha visto siempre en estas calamidades manifestaciones de la cólera del Cielo anuncios de nuevas desgracias. La primera lluvia de cenizas que cayó en Quito fue en 1533, el mismo año en que el cruel Pizarro, después de haber arrancado al Inca Atahualpa 48 millones de pesos por su libertad, le arrancó también la vida”, sostiene Flores quien era hijo de Juan José Flores, el primer presidente del Ecuador.

Y sigue: “en 1833, cuando globos encendidos cruzaron los aires e iluminaron las tinieblas, se asoció su aparición con los horrores del hambre, de la peste y de la guerra civil que terminó en la batalla de Miñarica, cantada por Olmedo” quien explica en “una nota que es una ‘alusión a los terribles ruidos que alternadamente, como grandes tiros de cañón se oyeron por a noche en los próximos días de la batalla”.

La lluvia de ceniza de 1843 que duró 30 horas precedió otro período tormentoso que concluyó en las sangrientas batallas de la Elvira, dice Flores.

“Esto, el asesinato de dignísimo Arzobispo Checa, y el manifiesto desacuerdo del gobierno con a autoridad eclesiástica, ha sido causa de que no se atribuya a mera casualidad la coincidencia de la erupción con el entredicho. Y se ha hecho no solo por los católicos sino ¡quién lo creyera! por los radicales. La única diferencia es que los últimos atribuyen la catástrofe a la cólera de Dios contra los sacerdotes por haber cerrado los templos. Así lo sienta, y no de broma, una publicación entre rojo y mística (estilo hoy de moda entre nosotros) intitulada ‘Tinieblas de un día”.

El cronista agrega que “hoy se teme el hambre y la peste que han solido seguir las erupciones volcánicas. Lo desprovista de víveres que estuvo la capital se manifestó por el alza inmediata o la desaparición completa de algunos artículos de primera necesidad. Para no citar más que un ejemplo, con dificultad pudo conseguirse en 4 pesos la carga de papas que estaba hasta entonces a 6 reales”.

Antonio Flores

La descripción hecha por Flores de la tragedia

La crónica que hace Flores en “Libertad cristiana” no solo es rica en imágenes y descripciones sino que también trata de dimensionar con cifras la tragedia.

Aquí la descripción hecha por Flores de lo que ocurrió ese día.

“Sobrevino, en efecto, la erupción el 26 con cuanto podía hacerla más terrible -espesas tinieblas en pleno día; relámpagos y truenos; formidables detonaciones que hacían retemblar la tierra; de ruidos subterráneos, ráfagas de viento, inundaciones y lluvias de ceniza. Al de decir de un viajero testigo ocular, una catarata más considerable que la del Niágara se desprendió de las faldas del volcán con ímpetu irresistible, anegó los campos y arrasó cuanto encontró a su paso.

“El gran torrente se dividió en tres direcciones opuestas, como para aumentar el estrago y confusión: el uno arranco hacia el Sur, a la ciudad de Latacunga, que dista de Cotopaxi solo unas doce millas. Convirtió a su paso el llano de Callo en un turbio lago y bañó el histórico cerro de aquel nombre. No hay esperanza de que se hayan salvado las escasas reliquias del palacio de los incas descritas por Humboltd y por cuantos viajeros han visitado el valle centro de los andes ecuatorianos.

“Prosiguiendo el torrente de su curso devastador hasta las goteras de Latacunga arrancó allí de raíz la manufactura de lienzo llamada San Gabriel perteneciente al señor José Villagómez, avaluada en cosa de 300 000 pesos: se llevó de encuentro los sólidos puentes de Cutuche, Cuilchi, Pansaleo y Bolívar; arrebató edificios, ganados, sementeras y destruyó parte de la magnífica carretera que no tiene rival en Europa, obra del genio y de la constancia del grande hombre del Ecuador, Gabriel García Moreno.

“Los aterrados habitantes de Latacunga, al oir la detonación subterránea y al ver el furioso torrente, temieron que la ciudad fuese, como en otras ocasiones, sumergida por las aguas. Afortunadamente la avenida se dividió en tres direcciones y se vació en los tres cauces de tres ríos circunvecinos, y la ciudad se salvó como por milagro.

“La avenida que se dirigió al norte del Cotopaxi, arrasó el floreciente y encantador valle de Chillo, a doce millas de Quito, con especialidad la rica hacienda de la ilustre familia Aguirre Montúfar, lugar grato a la memoria de los sabios por la residencia de Humboltd. Había allí como en Latacunga una valiosa manufactura de lienzo que, destruida el año pasado por el incendio, acababa de ser reparada a gran costo. El aluvión la desprendió del suelo y la arrebató en mil pedazos que arrastrados por el Guayllabamba, llevaron con cadáveres humanos y tristísimos despojos la fatal noticia a la provincia de Imbabura, al norte de Quito, como habrán llevado también a Esmeraldas y al océano Pacífico. El famoso cuadro de la Crucifixión, original del Ticiano, que se cree fue traído subrepticiamente de España (pues lo reclamó el rey, aunque sin buen éxito) escapó con la capilla, a la devastación general y se conserva ileso.

“Esta avenida se levó los puentes de Guaillabamba, Perucho y Achipichí, al norte de Quito.

“He oído calcular a un propietario del valle de Chillo en $ 200 000 anuales de renta la pérdida allí sufrida, lo cual equivaldría a un capital de más de dos millones de pesos. Otro hacendado, que es también persona competente en materia de máquinas, avalúa en cinco millones de pesos las pérdidas generales. Los muertos se computan en 600 y en 4000 las personas ocupadas en la industria algodonera para las máquinas destruidas.

“El aluvión del sur destruyó también el puente de Patate y ha causado grandes daños, en las haciendas del contorno de las cuales la principal es afamada por el rico vino de Patate, que allí se elabora en la hacienda de la señora Isabel Álvarez.

“Aunque los alrededores de Quito han sido devastados, la ciudad misma no ha sufrido sino una lluvia de cenizas, como la de 1843, y una oscuridad completa el 26 de junio desde las tres de la tarde. En Machachi, a 35 kilómetros de Quito y en otros lugares la oscuridad comenzó el 25 a las 9 de la mañana y duró 36 horas. En medio de las tinieblas se oía el bramido del ganado y de otros animales que privados de alimento por la lluvia de ceniza, buscaban furiosos con qué satisfacer el hambre. Otros animales, locos de terror, corrían desolados; y los perros daban aullidos lastimeros. En Machachi las praderas tuvieron más de una pulgada de espesor de la tierra y ceniza que arrojó el volcán, el que comenzó allá su erupción con una arena más gruesa que la que cayó por acá.

“En Quito la oscuridad no se asemejaba a la de la noche. Era, según la expresión de Plinio el joven, en una de las cartas en que relató a Tácito la erupción del Vesubio del año 79 que destruyó a Pompeya, ‘como si hubiera apagado las luces en un cuarto’. Cayó en Quito el 26 al principio una arenilla pesada y después una ceniza fina e impalpable como la harina, aunque no tan blanca, que penetraba y se introducía no solo en los aposentos sino en las cajas más bien cerradas.

“En medio de la oscuridad y la lluvia se oían las plegarias y oraciones de hombres y mujeres que recorrían las calles con un paraguas en una mano y un farol en la otra pidiendo al Señor misericordia. El paraguas tenía por objeto preservarse de la ceniza que se observó en la lluvia de 1845 producía ceguera. Más ni esta precaución ni la de los anteojos verdes que usan aquí en los caminos, eran parte a precaver los ojos, como lo experimenté en mi persona.

“Desde el principio de la catástrofe, el pueblo la atribuyó al castigo del Cielo contra el gobierno que había sido causa, en su concepto, de que se cerrarán los templos y de que se les quitarán hasta los consuelos de la religión cuando más los necesitaba. Esta idea, repetido de boca en boa, fue excitando los ánimos a medida que arreciaba la tormenta, hasta que grupos de hombres, sin armas, ni caudillo, ni concierto se lanzaron sobre la guardia del hospital militar y sobre la que custodia el depósito de pólvora en la colina de Yavirá.

“Aunque gran parte de la guarnición de Quito había ido a sofocar la revolución de Imbabura, los soldados que hubo bastaron para disipar esas desordenadas turbas; más no una pérdida de dos individuos de tropa y de otros dos (según dicen) del pueblo, fuera de los heridos. De los prisioneros tomados aquella noche, parte han sido sometidos a consejo de guerra; parte (se asegura) castigados con azotes.

“El 27 amaneció con una luz tenue que fue saludada con regocijo. El corazón se llenó de alegría y dimos gracias a Dios al ver de nuevo la claridad del día”.

6 thoughts on “La erupción del Cotopaxi como castigo divino

  1. relato claro y preciso, de prever lo que nos viene , ojalá las personas encargadas hayan realizado una secuencia ordenada de los tiempos que toca a cada población para lanzar la alarma.he visto las sirenas que me parece tienen un alcance de 5 kM A LA REDONDA..escuché una sirena en el IESS, y me pareció que puede lle var a la confución y al descuido . parecía un retrete dañado.

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  2. POR TANTA IDOLATRÍA Y AVARICIA DE LA GENTE COMO NO SE VA ENOJAR DIOS, ACASO EL NO ES EL CREADOR DE TODO LO QUE HAY EN LA TIERRA. ESCRITO ESTA EL AMOR AL DINERO ES PRINCIPIO DE TODOS LOS MALES Y EL TEMOR A DIOS ES EL PRINCIPIO DE LA SABIDURÍA.

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  3. Tu próximo artículo será: “EL DIA QUE VIOLARON AL BOCA FLOJA DEL PALLARES” tanto me gusto que soy gay y me retiro de las crìticas sin fundamentos, de hecho soy un ser humano que no tiene alma y tengo miedo que tarde o temprano pague el mal que estoy haciendo.
    todo se cumple no son aviso

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  4. Patty dice:

    Parece que la historia se repite. La gente grita en silencio todas estas maniobras insólitas de nuestros gobernantes. Miles de adultos jóvenes que lograron ir a la universidad con es esfuerzo y sacrificio de sus padres, ahora buscando trabajo día tras día sin nada que encontrar.
    Cómo no gritar……Dios mio ayúdame a conseguir trabajo, necesito alimentar a mi familia……….. Como no gritar AUXILIO …. nuestra tierra Ecuatoriana está siendo devastada por camiones chinos arruinando los bosques en la Amazonía y haciendo huecos y huecos en el Cañar y los Chinos llevándose en bruto el oro que encuentran en estas tierras…..hay tanta energía que sale de cada uno de nuestros cuerpos que está a punto de estallar!!! como no podemos gritar nuestra desgracia….pues el Cotopaxi lo puede hacer por nosotros.
    Lo único que ruego es que si explota, que no sea a punto de que tanta gente morirá …..que no sea que justos tengan que pagar por pecadores….

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  5. Homero Paltan dice:

    Excelente narrativa y gran recopilacion historica! Asombrosa descripcion!

    Sin embargo, es lamentable que esta idea de relacionar fenomenos naturales con situaciones politicas o religiosas (la ira de dios, castigo divino, etc) aun sigan vigentes. Bastante dano le ha hecho al pais esa mentalidad medieval de entender el mundo!

    Saludos

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  6. Beatriz Carvajal dice:

    Es realmente un placer leer una crónica tan bien escrita. Es ilustrativa del acontecer tanto geológico como social de todos los tiempos, pasados y presentes.

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